La educación nos salvó

 

Era domingo 10 de la noche de un 4 de septiembre, llovía a cántaros. Mientras mi madre seguía las recomendaciones de la partera – mi tía Alba Cabezas – para traer al mundo a su primeriza, una pared de caña guadua dividía el dormitorio de la sala. Allí estaba mi padre -para variar con amigos-  tomándose unos tragos, o los «meaos» por adelantado como dirían por mi tierra. Estaba feliz, según él había que celebrar la llegada del  varón… ¡Ups! Nací yo. Una niña de 16 años trajo al mundo a otra niña.

Paula -mi progenitora – tenía pocos meses de haber sufrido la pérdida de su madre producto de un cáncer al útero. Durante todo su embarazo tuvo que lidiar con la enfermedad de mi abuelita Luisa. A los 39 años la desahuciaron y la mandaron a la casa, nunca hubo una cama en el hospital para hacer seguimiento de su complejo cuadro clínico. Mi vieja perdió la fe en la salud pública, nunca más volvió a un hospital, parió a 6 de sus 7 hijos en casa con comadrona, nos curaba la tos con manteca de gallina y emplastos de brochodermine, los parásitos los combatía con zumo de paico y pepas de zapallo; y si nos hacíamos alguna herida jugando, pues en casa nunca faltó merthiolate y polvito secante.

Arturo – mi papá – era un gran tipo, mientras no bebía. Murió sin reconocer que era alcohólico, este fue el motivo que llevó a mi familia a desintegrarse. Mi madre no pudo más; con 20 años, tres hijos y sin haber terminado la primaria decidió abandonar a su verdugo para escribir con sus propias manos su futuro.

Y así empezó; lavando ajeno, de cocinera, ayudante de costura y en cuanto oficio que le diera algo de dinero para mantener sus tres muchachos y pagar sus estudios. Terminó la primaria, se graduó de maestra en corte y confección, aprendió belleza, manualidades. Luego siguió el colegio, hasta que se hizo bachiller.

¡Qué berraca mi vieja! Triplicó sus esfuerzos, a la par que ella estudiaba yo fui al jardín y terminé la primaria al igual que mis hermanos. A los 11 años con mucha ilusión ingresé al colegio. Las cosas estaban más complicadas, ya no éramos 3 hijos, la familia incrementó 2 bocas más, y después de unos años 2 más. A mi mamá le gusta ser madre, jamás renegó de su condición de madre soltera, sacrificó siempre su vida personal por afrontar con responsabilidad su rol.

Había confeccionado mi uniforme, pero la plata no alcanzó para los zapatos. La vecina Goretti, madre de mi gran amiga Olga, guardaba un par que su hija dejó de usar. Me los regaló, mi madre compró un Cherry y los dejó como nuevos.

Ese día marcó mi vida para siempre. Mi madre lloró, me dio un beso en la frente y me dijo: «Mijita, estoy muy orgullosa de ti. Contra todo pronóstico vas al colegio. Tu madre no tiene para darte riquezas, aprovecha y estudia. Solo así serás una mujer libre, independiente, nadie te maltratará ni tendrás que quedarte con alguien por no ser nadie. Mira tu madre, con sacrificio he tratado de aprender un oficio para criarlos. No me defraude«.

Para una familia en condiciones de extrema pobreza, el acceso a la educación y la salud pública de calidad son determinantes a la hora de incidir en igualdad de condiciones en una sociedad. La educación ecuatoriana tuvo episodios de lamentable recordación. El Movimiento Popular Democrático (MPD) a través de la Unión Nacional de Educadores (UNE) mantuvo por años secuestrado el sistema educativo público como botín político. Estudiar en esas condiciones ya era una hazaña. Entender a la educación como la herramienta más potente para sacar a los pueblos de la pobreza.

En 2006 la inversión en educación fue de 1.083 millones de dólares, mientras que en el 2013 la inversión alcanzó los 3.280 millones de dólares, es decir logrando un aumento de más del 300%; en el Gobierno de la Revolución Ciudadana se invirtieron $ 7.348 millones de dólares.

Otro de los logros es el histórico aumento de la cobertura universal que en educación básica ya alcanza el 96% y el 35% en educación superior. Para tener resultados era necesario establecer una política diferenciada para los pueblos y nacionalidades; es así que en 2010 los Afroecuatorianos tuvieron un repunte en inserción al sistema de educación superior con un 2,8% superando a los Indígenas que obtuvieron 1,9% y los Montubios 1,6%.

Ecuador asigna a las universidades el 1.8 % de su Producto Interno Bruto (PIB) en comparación a los países más ricos del planeta que destinan el 1.67%. Es por ello que en el Índice de Competitividad Global 2013, elaborado por el Foro Económico Mundial, el que Ecuador ascendió 76 puestos en educación, convirtiéndolo en el país con mayor inversión educativa en la región.

Estos avances se ven amenazados en la Proforma Presupuestaria 2019 propuesta por el gobierno de Lenín Moreno, en donde la educación sufre una importante reducción, que no sólo afecta a la educación superior, también a la inicial, así lo expresa Fander Falconí, ministro de Educación.

La educación salvó a mi familia. Salvó a mi madre de mi padre, salvó a sus 7 hijos, 5 ya somos profesionales, y 2 están cosechando los frutos de una mejor educación. Los pobres no deciden ser pobres, la pobreza es el resultado de políticas inequitativas. Es cuestión de sentido común, si un país quiere disminuir pobreza, invierte en educación. Si un gobernante quiere salvar a su pueblo de la ignorancia y la sumisión invierte en educación. Si la educación ya nos salvó una vez ¿Qué esperamos para rescatarla?

Publicado en ElEstado.net

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